29/04/09

La dominación masculina y su incidencia en la educación universitaria de la mujer. Planteamientos para el debate

Por: Ingrid Castillo
Ibecast@gmail.com

El hombre es la medida de todas las cosas,
de las que son en cuanto que son y de las que no son en
cuanto que no son[1]

Diosa Seshat, señora de los libros. Deidad Egipcia.

La mitad de la población mundial es mujer[2], sin embargo son muy pocas las mujeres feministas, con conciencia de su condición. Suele suceder que del discurso a la praxis hay un trecho amplio y es que el feminismo, especialmente el académico-ilustrado, no ha superado las barreras masculinas de la realidad que golpea el rostro de miles de mujeres de las clases socioeconómicas menos privilegiadas y que están en permanente y silenciosa lucha instintiva de sobrevivencia o resistencia contra la opresión masculina. Sin conciencia de la relación de dominación que hay entre mujeres y hombres. El asunto de la mujer va mucho más allá de las normas o leyes propias del estado liberal burgués.

Quien puede y debe investigar, escribir, describir y develar de manera contundente y precisa acerca de la justa dimensión de lo que significa la dominación masculina, así como las estrategias para superarle, es una o varias mujeres. Lo utópico sería: todas las mujeres. Algunas mujeres del feminismo académico se atribuyen el derecho a ser opositoras exclusivas de la dominación masculina, subyacente en todas las formas de relaciones humanas independientemente de la cultura a la que pertenezcan. Como si la opresión tuviese carácter selectivo a la hora de actuar. Obvian, de esta manera, que las mujeres inconscientes de su estado de subyugación, legitiman el estado u orden sexual social de violencia silenciosa. Este hecho representa todo un reto para las mujeres que de alguna manera nos hemos hecho conscientes de tal condición. Nos toca reeducar, desmontar, fracturar, desprendernos en última instancia de lo que hasta ahora nos ha determinado, es un hecho cultural complejo. Algunas mujeres obtienen la victoria y otras se resignan, sacrifican y justifican sus vidas refugiándose en el mejor de los casos en sus hijas e hijos. Y cuando llega la vejez, sienten una especie de liberación resignación cuyo costo ha sido la dolorosa experiencia inútil, el sacrificio por los otros, el silencio y la habilidad para el simulacro y la ausencia intencionada.

Todo lo construido y conocido por el hombre, entendido éste por la feminista y filósofa Celia Amorós, como el sujeto por excelencia dueño del sistema de complicidades[3], cuenta con una forma intencionada pero sutil de ausencia y control sistemático de la mujer. Rosa María Rodríguez Magda, también filosofa española, señala entre otras premisas que la universalización no es más que la estrategia masculina para mantener la invisibilización – neutralización de las mujeres. Es así como el término género por ejemplo, termina legitimando desde un falso discurso universalizante, lo anteriormente señalado. Y es que género no es sinónimo de mujer; empeñarse en decir género como sinónimo de mujer o sexo femenino significa continuar negando a la mitad de la especie, por lo que optaremos en adelante por trabajar a partir de la categoría mujer, sin legitimar el mimetismo al cual hemos sido obligadas.

Consideramos que es importante, dada la naturaleza del tema en desarrollo, ubicarse en el contexto histórico temporal desde el cual se partirá y a la vez se quebrará el discurso. En tal sentido, Amorós señala como puntos de partida para el feminismo ilustrado y académico, la ilustración. Dicho hito histórico está cargado de violencia simbólica y real. Está llena de certezas a medias, en la cual se obvian subjetividades y se encuentra aferrada al logos cartesiano. Escenario desde el cual se ha obligado a la mujer a tratar de superarse dentro de los valores, moldes y definiciones hechos por la cultura patriarcal occidental a partir de un proyecto único.

Nos hemos planteado el reto de asumir ciertamente que el patriarcado, como sistema de dominación y sujeción es punto de discusión de la agenda de mujeres. Sin embargo, para nuestro interés particular será importante trascender este escenario y analizar e identificar de forma precisa la dominación masculina, entendida ésta como un sistema artificial pero naturalizado, complejo de opresión y sujeción cuyo carácter adaptativo le ha permitido sobrevivir en el tiempo, sin barreras geográficas ni temporales y más allá de los convencionalismos culturales, religiosos, económicos, políticos o históricos de ejercicio de poder sobre las mujeres.

Pierre Bourdieau (2006), señala la existencia de una estructura del orden masculino. Éste sistema de dominación masculina y de diferencias, es complejo de analizar para las que nos encontramos sublevadas e insurgiendo ya que su análisis está elaborado desde las estructuras del orden masculino, el cual se encuentra organizado por un orden social sexual y una dimensión simbólica y dicho orden se encuentra regido por el principio masculino y por la representación asimétrica de los sexos[4]. Entre los indicadores que nos ilustran el sistema masculino de poder, tenemos desde la forma de vestir y cubrir el cuerpo; la construcción de la identidad social femenina, el poder viril, las relaciones sexuales de dominación (libido dominandi y libido dominantis), violencia simbólica o suave, el poder simbólico[5] y el sistema de diferencias (alto/bajo, arriba/abajo), igualmente señala el autor que la dominación masculina se legitima mediante un sistema de estrategias educativas que se encargan de reproducir la diferencia. En fin, el modo de pensamiento femenino está afectado por la dominación masculina como práctica milenaria y evolucionada de opresión dentro del orden sexual-social, sin perder de vista su propia naturaleza.

En cuanto a la dimensión simbólica, se vincula directamente con dos divisiones de manera concreta: división sexual y del trabajo. Para Bourdieau, lo simbólico es lo opuesto a lo real, se trata de construcciones sociales a partir de la ilusión y están estrechamente relacionadas con la construcción de identidades.

Explica Bourdieau, que la naturalización de las relaciones de dominación son las que han garantizado la asimilación de la dominación hacia la mujer. Aquí se intentará precisar de la dominación masculina, los indicadores presentes dentro de las estructuras cognitivas y objetivas, su dimensión simbólica, sus mecanismos de legitimación, y por ende, de ejercicio de poder desde la dupla indisoluble autoridad – obediencia, la cual es examinada de forma magistral por el sociólogo alemán, fundador de la sociología comprensiva Max Weber (1864-1920)[6]. Aún cuando no hay coincidencia en los planteamientos teóricos de Bourdieau y Weber, es importante para la presente reflexión obtener respuestas de quienes se han hecho expertos en elementos que conforman la dominación masculina y, Weber es fundador de lo que se ha dado en llamar sociología de la dominación. Es así como Weber, impulsa desde sus estudios, la revisión de la dominación, señalando que ésta no es más que un

Estado de cosas por el cual una voluntad manifiesta (mandato) del dominador o de los dominadores, influye sobre los actos del otro (del dominado o de los dominados), de tal suerte que en un grado socialmente relevante estos actos tienen lugar como si los dominados hubieran adoptado por sí mismos y como máxima de su obrar el contenido del mandato (obediencia)[7].

Weber, habla de forma general acerca de la dominación, no se refiere de forma específica a la mujer. Sin embargo y en honor a la verdad, es una fuente teórica útil para comprender lo que significa dominar desde la propia voz masculina occidental. Usaremos sus aportes para entender la actuación humana cuando se encuentra bajo dominio de otro, específicamente aplicado a las mujeres y también para identificar mecanismos legitimadores de tal condición.

Con relación a la dominación, señala el autor, existen condiciones generales que parecieran facilitarnos la posibilidad de comprender de forma clara, algunas maneras de actuar de las mujeres en subordinación. Es así como Weber, asume desde su análisis que este fenómeno social no está aislado, por el contrario guarda un anclaje en condicionantes psicológicos. En tal sentido se precisan tres tipos de mecanismos para dominar: compenetración, inspiración y persuasión incluso, puede observarse en algunos casos la combinación de las tres condiciones para garantizar la sumisión. Es particularmente aceptado que la obediencia trabajada, haga del mandato del dominador lo indiscutible, lo normal, lo lógico y natural. Entendemos que estamos asumiendo un reto, como lo señala Rosa Rodríguez se supone que

el dominado nunca puede arriesgarse a investigar el dominio que sobre él (ella en nuestro caso) se ejerce según un modelo caduco o insuficiente. Habrá que pensar lo femenino a la altura del momento, aunque este fuera una moda…porque las modas también matan[8]

Igualmente consideraremos el planteamiento de la teórica feminista Elizabeth Badinter[9] quién describe, desde la mirada femenina, la dominación masculina de forma puntual como expresión de poder y violencia, asimismo precisa que es de carácter transcultural y eterno. La autora apunta a la democracia sexual como opción política para alcanzar una salida al mal que nos aqueja.

Igualmente plantea que la dominación masculina descansa en el poder de los hombres para tratar a las mujeres como objetos sexuales. Ese poder- se hace remontar al origen de las especies – se habría inaugurado con la violación[10]. Así mismo, la normatización o penalización que le sigue a la infracción de las normas, no garantiza la superación de la relación subordinada de la mujer y, propone que se cambie la visión de fragilidad de la mujer la cual ha sido impuesta desde las voces masculinas e inclusive femeninas y apela a que se impulse el cambio de la sexualidad en los hombres[11]. No bastan las leyes, es un asunto de patrones formativos y culturales.

Los elementos que integran la dominación masculina se pueden observar en todos los escenarios de la vida humana y del orden económico sexual/social; está asociado al androcentrismo, la ginefobia y a la concepción de poder representado en el arma masculina por excelencia: el falo. El sistema de dominación masculina, como categoría de análisis, se hace además multiforme, diríamos fractal, transcultural, infinito y diverso destacando su capacidad mimetizadora para sobrevivir a los procesos históricos, hecho y postura con la cual nos mostramos en total acuerdo ya que como concepto universalizante, profundiza las diferencias y posiblemente estemos cayendo en una trampa, lo cual no ayudaría a la causa de las mujeres sino que la diluiría[12].

Ciertamente, la causa de las mujeres es diversa y compleja. Los escenarios que ocupa dicha causa, alcanzan lo público y lo privado, van desde el hogar, pasan por el trabajo y llegan hasta la escuela o universidad. Es así como por ejemplo, cuando las mujeres logran abrirse el espacio que por derecho les corresponde en cuanto a la educación universitaria ya han tenido que pagar altos costos esenciales. Entre ellos, asumir multiplicidad de roles aún a costa de su propia salud y proyectos, es decir sufro, luego valgo[13], la lógica de la victimización necesaria para ser admitida por la sociedad patriarcal.

Cuando la mujer Sofía, europea por antonomasia, de Rousseau[14], se aleja del troquel impuesto y procede a postergar la, supuestamente natural, función asignada por la naturaleza y la sociedad, es decir, reproductora y madre, está decidiendo por un camino de muchas condenas y estigmas[15]. Sí por el contrario, las mujeres optan por ser reproductoras, madres e intentan alcanzar metas para superarse, mejorar y lograr su desarrollo personal, se multiplican los obstáculos.

Pareciera que el mandato masculino, está por encima de condicionantes culturales, políticos o económicos; no hay diferencias para la dominación masculina a la hora de actuar. Y es que definitivamente, las estructuras cognitivas (las formas de conocer) no escapan a esta imposición simbólica que representa el modelaje que se ha hecho a la mujer desde otras voces.

Para el sistema de dominación masculina es vital mantener vigente los mecanismos de reproducción de la subyugación y el locus de la mujer dentro del orden sexual social. En tal sentido, la educación es una de las estrategias fundamentales del patriarcado como herramienta de legitimación. Aún cuando desde el punto de vista normativo es un derecho y desde el punto de vista social es fundamental para el avance y liberación de la especie humana, la educación cuenta con ciertas reminiscencias conflictivas de carácter semántico en relación con la pedagogía (aparente aspecto operativo de la educación) que están relacionadas con el logos universal. Quizás debamos entonces acercarnos primeramente al concepto y luego al hecho.

La educación que hemos conocido, cuenta con una enrevesada construcción. Según su origen etimológico, educación procede del vocablo latino educere y educare, es decir, guiar y extraer. Educar entonces, debería ser un acto de liberación, acompañamiento y estímulo al saber, conocimiento, habilidades y destrezas con las cuales, se supone, se cuenta para progresar como ser humano. Sin embargo, este acto no pretende ser totalizante y por el contrario, genera un sin fin de dudas. La negación de la mujer en los procesos cognitivos es tan milenaria como la dominación misma. Entonces, la Ilustración solo sirvió para legitimar y consolidar la sumisión de la mujer, en un contexto geográfico y temporal definido; lo que, por sentido común masculino y de manera subrepticia, ya había sido impuesto desde tiempos inmemoriales como se demostrará a continuación al revisar a uno de los referentes teóricos preferidos de los ilustrados.

René Descartes (1596-1650), en su obra Discurso del método[16] señalaría la inexorable duda como esencia de su filosofía, la capacidad de razonar y argumentar, así como el pensamiento abstracto como clave de la cultura que se levantaba dentro del contexto en el cual se encontraba. Tal pensamiento abstracto, señalaba Descartes, sería el artífice de la existencia del homo como noción universal, tal como lo planteara el filósofo griego Protágora de Abdera en el 481 a.C. Asimismo, señaló Descartes que la duda es el camino adecuado para lograr deducir cuán cerca estábamos o no de la realidad.

Bien, resulta que la mujer nunca formó parte de los planes y aportes cartesianos a la Ciencia. Tal es la antigua invisibilización cognitiva a la cual nos han sometido que, al leer por ejemplo, la quinta y sexta meditación las cuales están relacionadas con el cuerpo, tampoco se reconoce la existencia precisa de la mujer y sólo se señala que hay otros cuerpos. ¿Es posible desaparecer a la mitad de la especie humana sólo con el poderoso discurso masculino universalizante desde los ámbitos del saber y el conocimiento? La respuesta es sí, aún cuando hoy, siglo XXI se haya avanzado y se tengan logros múltiples para la mujer en cuanto a reconocimiento. Pero el poder simbólico se manifiesta y se evidencia desde la enunciación y la asignación categórica del no-lugar de la mujer.

Para intentar aclarar la duda planteada inicialmente en cuanto al concepto de educación nos apoyaremos en el mismo autor, con la finalidad de ir destejiendo los nudos calcificados del aparato reproductor de desigualdades más poderoso de la sociedad moderna europea y americana: las instituciones educativas. De acuerdo con Descartes y según su método, existen tres preceptos básicos desde el punto de vista filosófico, que le permiten diluir y crear:

Primeramente recordaré las cosas que antes consideré como verdaderas, por haberlas recibido mediante los sentidos, y haré memoria de los fundamentos en que se mantenía mi creencia; luego examinaré las razones que me han obligado después a ponerlas en duda; y, por último, consideraré lo que debo creer ahora[17]

Señala un viejo adagio que “lo que es igual no es trampa”. Sí, al anterior planteamiento racional cartesiano, opusiésemos el espejo femenino, nos veríamos reflejadas para saber ¿Cómo a nosotras las mujeres, nos han transmitido, depositado e inculcado todo un sistema de signos, símbolos, normas y creencias que hasta ahora hemos considerado verdaderas, por ciertas e indiscutibles?; e igualmente revisásemos todo el sistema de creencias análogamente impuesto (indistintamente de la corriente religiosa que se profese); y luego examinásemos las razones que nos pudiesen haber obligado a poner en duda todo lo señalado: la desigual y patriarcal razón universal, lo que no se puede ser, la ausencia, el despojo, lo privado, el culto a lo doméstico, la educación sexista, la exclusión y desigualdad, los privilegios femeninos, el simulacro, la extraña libertad, la desesperanza y depresión, la división sexual del trabajo, la historia falaz, la ética ilustrada, la religión opresora, la ciencia castradora, la estética hecha a la medida masculina, la reproducción obligante, el sexocentrismo[18], la falsa moral de las sociedades burguesas, el dominio, la arrogancia, la intolerancia, el golpe, el grito, la ofensa, el chantaje, la guerra. En fin, de seguro serían miles las razones que pudiesen esgrimirse y terminaríamos en las irreductibles conclusiones-preguntas-transgresoras ¿Por qué no se puede definir, creer o crear a la mujer y todo lo que su identidad requiere desde su propia voz? ¿Por qué las mujeres no precisamos las invariantes de dominación presentes en el orden masculino establecido y la relación entre los sexos? ¿Por qué no poner en duda el sistema de diferencias delicadamente elaborado? ¿Es una educación diferente lo que las mujeres necesitamos para liberarnos de los atavismos del orden masculino? ¿El acceso a las universidades garantiza el logro del grado y por ende la liberación que permita superar la condición de subordinadas? ¿Los pensa de estudio universitario legitiman el orden masculino sexual-social?

Retomemos y revisemos algunos aspectos importantes del concepto de educación para intentar comprender los motivos por los cuales ésta por sí sola, ni como derecho ni como condición, tal como está concebida por los hombres, libera a las mujeres de la sujeción; sin desmeritar el hecho de que permite definir, creer y crear la otra posibilidad e impulsar procesos de transformación radicales que incidan en otros escenarios.

Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), misógino confeso[19], indicaba en una de sus obras, que uno de los objetivos últimos de Sofía (mujer ideal para Emilio) debía ser agradar al hombre[20] y la educación que proponía, estaba sustentada en que las luces tenían que estar dirigidas a la conveniencia del hombre dentro de la cosa pública. Por supuesto las mujeres nos quedamos desde esa específica coyuntura y cultura confinadas (como ya se indicó anteriormente) en la más desgraciada obscuridad. Más aún, y sintetizando la propuesta rousseauniana de educación, ella contemplaba tres tipos: la naturaleza, de las cosas y de los hombres[21]; éste explicaba que la primera y más importante correspondía a las mujeres, por ser arte y estar relacionada con hábitos[22], luego definía la educación para las mujeres como opuesta a la que debían recibir los hombres. De acá que sea anómalo que una mujer no sepa coser, entre otras artes.

Para Rousseau, la educación debe ser entendida como un medio a través del cual se obtenía lo necesario para ocupar el rol que corresponde en la sociedad. La consolidación de la educación, dentro de la naciente sociedad moderna con este enfoque andro y eurocéntrico, creó las condiciones necesarias para la construcción de la mujer adecuada a esa sociedad, la joven Sofía.

Rousseau, planteó la revisión de la tendencia que por naturaleza poseían las mujeres para la pasión y mentir, adular y perder el tiempo en trivialidades. En tal sentido, ratificó que la educación para las mujeres se realizaría en función del hombre y como fin último, para el sostenimiento de la especie. Es decir, el arquetipo universal de madre reproductora, ergo, la Virgen María madre por excelencia y gracia divina.

Asimismo, definió las ciencias y el pensamiento abstracto como zonas exclusivas de los hombres pues las mujeres no tienen atención y criterio suficiente para aprovechar en las ciencias exactas[23]. La educación está estrechamente relacionada con la estructura cognitiva de la cual nos habla Bourdieu y con las características emocionales de la mujer. De esta forma la única felicidad femenina posible debe estar contenida, desde este planteamiento, en tres instituciones: matrimonio, constitución de hogar para su administración y la reproducción de la especie.

Pocos autores, dentro del contexto de la Ilustración como hecho histórico que nos marcó como cultura, se atrevieron a fijar una posición diferente ante el concepto de mujer que se tenía en el siglo XVIII. Marie J. Nicolas de Caritat, mejor conocido como el Marqués de Condorcet[24] escribió acerca de la ciudadanía y los derechos de la mujer, los cuales vinculaba con la educación. Al respecto planteó lo siguiente

Se ha dicho que las mujeres, a pesar de su espíritu, de su sagacidad y de una facultad de razonar semejante a la de los dialécticos sutiles, jamás se guían por la razón. Esta observación es falsa, cierto que no se dejan llevar por la razón de los varones, pero sí se conducen por su propia razón.[25]

El reconocimiento de otra verdad, otra certeza, otra razón están presentes en este autor. La razón de las mujeres ¿cuál es? Condorcet se refería, de forma visionaria, a la otra razón que no ha sido escuchada.

En fin, el concepto de educación, tal como lo conocemos hoy, está acuñado y fortalecido desde su fundación en el pensamiento ilustrado rousseauniano y no condorcentiano y desde la cultura occidental, la educación es ciencia para los hombres; ciencia masculina que nos parece guarda característica de de/formación, exclusión, adoctrinamiento y legitimación de la condición de castradas cognitivas. Rousseau se refirió al rol de madre educadora, no al derecho a educarse de las mujeres. Le endilgaba a la mujer, con eco postmorten y efecto de larga duración, que era su deber el brindarle la primera educación a las hijas, con carácter obligante y de forma exclusiva.

Es decir, la maternidad vista como un compromiso que trasciende a la madre y la convierte en una dadora no solo de vida sino de exclusiva formación para el hogar y cuidado para los hijos. En tal sentido Yvonne Knibiehler, señala que no se trata de rechazar dicho papel de madre-reproductora, sino que es vital asumir la característica o rol biológico, sin dejar de luchar por otras condiciones sociales, políticas y culturales:

Yo soy una hembra mamífera, sin duda, pero no soy un animal. Y mi relación con los hijos que traigo al mundo también está hecha de inteligencia, lo que abre precisamente la posibilidad de una superación, de una trascendencia. Algo que más tarde me permitió reconciliarme con Beauvoir, que percibe también perfectamente esa posibilidad: la mujer, escribe, puede consentir en dar vida solamente si la vida tiene un sentido;no puede ser madre sin tratar de desempeñar un papel en la vida económica, política, social [26]

La incorporación de las mujeres en la educación en general y la universitaria en particular, ha traído como consecuencia en la mayoría de las ocasiones, ciertamente el engrosamiento de la matrícula universitaria, pero la imposibilidad de alcanzar la meta en el tiempo y condiciones deseados, ya que no hay políticas universitarias destinadas a garantizar en igualdad de condiciones con los hombres el logro de la meta académica. La división sexual del trabajo, ha obligado a las mujeres a incorporarse en las carreras o programas de formación que les han sido asociadas a su “naturaleza femenina” desde las estructuras del orden masculino[27]. Luego, la cadena de reproducción del orden establecido, las lleva a dos escenarios posibles: incorporación en el mercado de trabajo o esperar en el hogar, al lado de la pareja y los hijos e hijas. Esta característica de la exclusión de la mujer, de carácter silencioso que opera en los espacios formativos universitarios forma parte del sistema de complicidades del cual nos habló Amorós y de la estructura del orden masculino del cual nos habló Bourdieau; y se encuentra sostenido por múltiples factores o elementos, como por ejemplo los roles.

El conocimiento que pueda ser alcanzado a través de la educación. Acto o hecho éste, que ha sido construido desde las estructuras del orden y del discurso de la dominación masculina, tiene en sí misma una carga peligrosa que estimula el rechazo por la posibilidad de dejar de acceder a los beneficios del trato galante y los privilegios femeninos/masculinos. Entonces, la educación para la profesionalización en las mujeres, no necesariamente se traduce en una conciencia femenina de las relaciones de subordinación, que permita lograr la real igualdad entre hombres y mujeres. Las estrategias educativas de legitimación de la estructura patriarcal de educación evidencian las más de las veces el sexismo, la discriminación y la selectividad. El ejercicio de la docencia en la educación universitaria, es una expresión de poder simbólico. La elaboración de los pensa y la definición de perfiles profesionales específicos para mujeres (como por ejemplo la maestra, la enfermera o la secretaria por excelencia), reafirmando el ideal cartesiano de que el pensamiento abstracto es exclusividad de los hombres, el acoso del cual son víctimas las estudiantes en las aulas a cambio de beneficios académicos, entre otros son elementos claves que nos permiten comprender para contribuir desde el escenario formativo a transformar las relaciones desiguales entre los sexos.

Notas


[1] Protágora de Abdera (481-401 a.C). Este filosofo griego, acuñó una de las lapidarias frases que aún hoy tiene eco, la milenaria mentira paradigmática, el relativismo cultural y social que nos ha oprimido.

[2] La población actual cuenta con 6,775,862,726 hab, la mitad es femenina. En: http://www.census.gov/ipc/www/popclockworld.html.

[3] Celia Amorós. 1991. Hacia una crítica de la razón patriarcal. 2da. Edición. Barcelona – España. Antrhopos. Pag. 26.

[4] Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Cfr. Pág. 30-32-

[5] Violencia simbólica para Bourdieau, es invisible para sus propias víctimas, se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y el conocimiento. Pág. 12

Por otra parte el autor define el poder simbólico como el poder de constituir lo dado por la enunciación, de hacer ver y de hacer creer, de confirmar o de transformar la visión del mundo, por lo tanto el mundo; poder casi mágico que permite obtener el equivalente de lo que es obtenido por la fuerza (física o económica), gracias al efecto específico de movilización, no se ejerce sino él es reconocido, es decir, desconocido como arbitrario. Esto significa que el poder simbólico no reside en los “sistemas simbólicos” bajo la firma de una “illocutionary force”, sino que se define en y por una relación determinada entre los que ejercen el poder y los que los sufren, es decir, en la estructura misma del campo donde se produce y se reproduce la creencia. Bourdieau, Pierre en Sobre el Poder Simbólico. (on Line) En: http://sociologiac.net/biblio/Bourdieu_SobrePoderSimbolico.pdf

[6] Weber, Max. 1922/2005. Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. 14ta ed. Trad. José M. Echavarría. México: Fondo de Cultura Económica.

[7] Ibid: 699

[8] Rosa María Rodríguez Magda. Óp. Cit: 15.

[9] Elizabeth Badinter. 2003. Hombres/mujeres. Cómo salir del camino equivocado. Pág. 19.

[10] Ibid: 19

[11] Idem: 19.

[12] Cfr. Pág. 45.

[13] Pascal, Bruckner. Filósofo y escritor francés, quién acuño la frase a propósito de la victimización de la mujer en la sociedad moderna, en su obra: La tentación de la inocencia. Editorial Anagrama. 2006.

[14] Jean Jacques Rousseau, ideó un tipo de mujer necesaria para el hombre público y la naciente sociedad moderna de su época que aún hoy encuentra eco en escuelas y hogares. Libro V del Emilio o la educación.

[15] Irving, Goffman. Estigma: la identidad deteriorada. 1970. El autor señala que los atributos no deseables, son estigmas, marcas. Un estigma puede ser favorito para el otro, quién así confirma su “normalidad”. Lo diferente tiende a ser categorizado como moralmente nocivo.

[16] Descarte, René. (1641/1997). Discurso del Método. Meditaciones Metafísicas. 33ª ed. Barcelona, España. Editorial Óptima.

[17] Ibíd.: Pág. 183

[18] Sexocentrismo: término que nos invita a abrir el debate en cuanto a asumir la relación entre hombres y mujeres desde la complementariedad biológica visible (la lógica del acoplamiento para la reproducción, el placer o la transacción carnal), o la lucha del sexo desconocido y minimizado versus el sexo dominante, que procrea y es universalizante.

[19] Cfr. con libro V del Emilio o la educación. Juan Jacobo Rousseau

[20] Rousseau Juan Jacobo.1993. Emilio o de la Educación. Colombia. Ediciones Universales. Pág.386-418

[21] Ibid: pág 10

[22] Bourdieu, señala con relación al habitus, que es un mecanismo de construcción social y de naturalización.

[23] Cfr. Pág. 420

[24] Condorcet, M. 1997. Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritú humano. México. Pág. 358.

[25] Ibid: 358. Edición original publicada en 1975.

[26]Yvonne Knibiehler. El feminismo debe volver a pensar la maternidad. En: Le Monde. 09/02/2007. En: http://www.laotrapagina.com/

[27] Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Pág. 30.

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